musikboy.net · el niño de la música

You’re one in a million

Palabras que nunca vieron la luz, igual deberían haber seguido ocultas, pero no se me ocurre otra cosa:

La primera vez que la vi fue en su casa. Yo iba con una amiga común que propuso pasar a decir hola. Ya había hablado con ella un par de veces por teléfono y allí en el umbral de su puerta le puse cara a su voz.

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Aquí estoy un viernes a las ocho de la tarde, escribiendo esto con una lata de cerveza sobre la mesa. En el ipod suena Guiding Light de The Veils, acaba de sonar Miss you de Everything but the girl, esperando que me llamaras en el momento justo en el que la canción duele más. Pero el teléfono sigue en silencio. Como siempre que quiero tu mano en mi hombro y mi cara en tu hombro. Alcohol en boca esófago estómago sangre hígado ojos dolor.
A todo esto estoy esperando a que J. me llame en cualquier momento para bajar y fumar por ahí y jugar a desgarrarnos el alma y qué pereza me da todo. Y tú que tan mal me entiendes, pero que tan bien me escuchas estás tan lejos que otra vez alcohol y boca y sangre y lágrimas y un mensaje en la pantalla que vuelve a doler como aquella mañana espídica a las nueve tú en su cama y yo en aquí tan frío.
Y nada vale para nada porque tus ojos están ahí, en la esquina, en la pared, y miran miran miran y preguntan preguntan. Y yo callo, asustado. Y te escribo las palabras más bonitas que jamás leerás. Sólo cuando sea demasiado tarde y nos reiremos porque el tiempo de llorar habrá pasado y después de todo a ti no te importa nada. Después de todo, supongo que a mí tampoco, aunque ahora muera cada segundo ahogado en mi garganta. La lata de cerveza sobre la mesa. J. ya me ha llamado. Bajo.

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La noche que me dejó empezó a llover en el mismo momento en que salía de su portal. Habíamos estado juntos cuatro años. Siempre supe que la ruptura sería un trago amargo pero no pude imaginar que las circunstancias fueran las que fueron. En cierto modo, esperaba que fuera aquella noche la elegida por ella para acabar con la relación. Toda la cena estuvo presidida por esa sensación. Por eso no me sorprendió cuando dijo las palabras finales. Las últimas frases que escucharía de su boca. “No quiero que nos volvamos a ver. Me estás haciendo mucho daño y no haces nada para que esto cambie”. Ya he dicho que sabía que esto iba a suceder. Quizá por eso tampoco intenté decir nada para hacerle cambiar de idea. Dudo que hubiera servido de algo de todas maneras. Ella sí mostró sorpresa cuando me di la vuelta y salí de allí, dejándola de pie junto al ascensor. Realmente no sabría decir quién dejó a quién. Supongo que estaba esperando algún tipo de respuesta por mi parte. Que rompiera a llorar suplicándole otra oportunidad. No tuvo nada de eso. No lo sentía así. De repente me entraron unas ganas enormes de salir a la calle. Que el frío me golpeara la cara y la lluvia me calara hasta los huesos. Además aquel día no había cogido el coche, pensando en volver en autobús hasta mi casa.

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La dedicatoria que nunca escribí, te la mando ahora por correo para que la pegues al principio del libro.

(octubre, 2005)

disarm you with a smile
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