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A cualquier otra parte

–¿Sabes quién iba en el tranvía? –preguntó Juan.

–No vi ningún tranvía –dijo Tell–. Corrías como un verdadero atleta y renuncié a seguirte, en la calle no se puede corrar con sandalias, es suicida. Pero si subiste a un tranvía, desde luego que lo sé. En los tranvías está siempre esperando el destino, lo aprendí en Copenhague hace mucho. Naturalmente, la perdiste de vista.

–A veces me pregunto cómo puedes aceptar así todo lo que te digo –murmuró Juan alcanzándole el vaso vacío.

–Pero también tú me crees –dijo Tell, como sorprendida.

–En todo caso fue lo de siempre –dijo Juan–. Qué tristeza, bonita, qué miserable tristeza. No parece posible, ¿verdad? Uno pone tanta tierra de por medio, horas y horas de avión o de montañas, y después, en cualquier tranvía…

–Te obstinas en separar lo inseparable –dijo Tell–. ¿No sabías que son Némesis, no los has visto nunca? Son siempre el mismo tranvía, cualqueir diferencia se anula apenas se sube, no importa la línea, la ciudad, el continente, la cara del guarda. Por eso cada vez hay menos –dijo brillamentemente Tell–, los hombres se han dado cuenta y los están matando, son los últimos dragones, las últimas gorgonas.

–Estás deliciosamente borracha –dijo Juan enternecido.

–Y tú, claro, tenías que subirte a uno, y también ella. El verdadero diálogo de Edipo y la esfinge debió ocurrir en un tranvía. ¿Dónde podía estar Hélène sino en esa tierra de nadie? ¿Dónde podías encontrarla sino en un tranvía, mi pobre pajarraco? Es demasiado para una sola noche, la verdad.

62. Modelo para armar, Julio Cortázar

(agosto, 2010)

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